Hola querida comunidad independiente… y también a quienes están pensando en dar ese gran salto. 💛
Hoy quiero hablarles de una parte de la independencia que casi nadie menciona cuando uno decide migrar o vivir solo: la soledad. Yo sé que imaginamos esta etapa como algo emocionante, con mucha libertad, nuevos lugares y llena de oportunidades. Sin embargo, existe otra cara de la moneda que aparece cuando termina el día y todo queda en silencio. En este artículo quiero compartirles una parte muy personal de mi historia, puesto que sé que muchas personas (incluso quienes llevan años lejos de casa) pueden sentirse identificadas con esa sensación de regresar a un cuarto y darse cuenta de que ya no está nuestra mamá en la cocina, ni el ruido familiar de siempre, ni alguien esperando al otro lado de la puerta.
De la selva a Lima: el comienzo de mi travesía
Antes de contarles cómo empezó todo, quiero hablarles un poco de mí. Soy Lis, soy natural de la hermosa región de San Martín y desde muy niña soñaba con trabajar en la radio. A los 15 años empecé a conducir programas musicales, grabar spots y narrar noticias. Recuerdo que estudiaba en un colegio internado tipo pre militar, por lo que siempre estaba rodeada de personas. Asimismo, crecí siendo hija única, dentro de una familia muy presente y cercana. Mi papá siempre apoyó mis sueños; inclusive me acompañó varias veces a radios donde pedía oportunidades para aprender locución. Con el tiempo terminé trabajando y estudiando al mismo tiempo, hasta que a los 18 años decidí venir a Lima buscando crecer profesionalmente. Y aunque estaba emocionada por conocer la capital y cumplir aquello que soñaba desde niña, también estaba dejando atrás mi hogar, mis costumbres y a las personas que formaban parte de mis días.
El silencio al regresar al cuarto
Cuando llegué a Lima vivía en un pequeño cuarto en San Martín de Porres, en un cuarto piso. Tenía una camita, una cocina pequeña, una mesita y poco más. No había televisión, escritorio ni demasiadas comodidades, pero sí había algo que se hacía notar muchísimo: el silencio. Después de pasar el día entre clases, buses y movimiento, regresar por las noches a ese espacio se sentía muy extraño. Extrañaba escuchar las voces de mis padres, los ladridos de mis perritos Kity y Chusco, inclusive esos pequeños momentos cotidianos que uno da por momentos normales cuando vive en familia. Recuerdo que muchas veces cocinaba algo rápido y comía sola, sentada en el suelo, puesto que ni siquiera tenía una mesa. Y aunque por fuera intentaba verme fuerte y enfocada en mis metas, por dentro estaba atravesando un proceso emocional muy grande que ni yo misma entendía completamente en ese momento.
Aprender sola en una ciudad desconocida
Los primeros meses en Lima estuvieron llenos de situaciones que me hicieron crecer de golpe. Perdí dinero en la calle cuando fui a realizar un trámite, me perdí varias veces tomando buses y una noche terminé en una zona desconocida porque el carro cambió de ruta sin avisar. No tenía internet ni un celular moderno para ubicarme, así que tuve que resolver sola cada problema que aparecía. Recuerdo llegar al cuarto y llorar en silencio para no preocupar a mis padres, puesto que tampoco podía comunicarme fácilmente con ellos debido a la mala señal en la selva. Ahí entendí algo importante, vivir sola también es aprender a sostenerte emocionalmente cuando tienes miedo o cuando solo necesitas escuchar una voz conocida después de un día agotador.
Cuando la soledad deja de sentirse tan pesada
Con el paso del tiempo, la soledad empezó a tomar otra forma. Poco a poco aprendí a crear rutinas y a encontrar pequeños espacios de tranquilidad dentro de mis días. Preparar mi café, ordenar mi cuarto, escuchar música, leer o descansar después del trabajo comenzaron a ser momentos importantes para mí. Ese lugar que al inicio se sentía vacío terminó convirtiéndose en mi refugio. Asimismo, comprendí que crecer lejos de casa también significa conocerte profundamente, aprender qué cosas te sostienen y descubrir una fortaleza que muchas veces aparece únicamente cuando no queda otra opción más que seguir adelante.
Hoy entiendo que la independencia también tiene una carga emocional muy grande, la cual muchas personas no comentan. Sin embargo, también llegan momentos en los que empiezas a sentir orgullo por todo lo que has logrado construir por tu cuenta. Aprendes a valorar desde una cuchara comprada con esfuerzo hasta la tranquilidad de regresar a un espacio que, aunque pequeño, lograste convertir en hogar. En todo este proceso también sentí mucho la compañía de Dios, sobre todo en esos días silenciosos donde parecía que todo pesaba más… Y creo que eso me ayudó muchísimo a seguir adelante.
Algunas cosas que me hubiera gustado saber antes de migrar
Si hoy pudiera darle algunos consejos a esa chica de 18 años que llegó sola a Lima, le diría que tenga paciencia consigo misma. Adaptarse toma tiempo y está bien sentirse triste algunas veces. También le diría que aprender a estar sola no significa aislarse; al contrario, significa aprender a acompañarte, escucharte y cuidar de ti inclusive en los días difíciles. Asimismo, entendí que pedir ayuda no te hace débil y que construir una nueva vida requiere tiempo, paciencia, errores y mucha valentía.
Por eso, si estás viviendo lejos de casa o estás pensando en independizarte, quiero decirte algo: por favor, no te presiones por tener todo resuelto. Todos aprendemos en el camino. Habrá días buenos y otros bastante complicados, pero poco a poco irás encontrando tu lugar, tus personas y tu propia manera de sentirte en casa. Gracias por acompañarme en este primer artículo de Modo Independiente. Me encantaría leer sus historias y saber qué ha sido lo más difícil (o lo más bonito) de vivir lejos de casa. Nos seguimos leyendo en esta travesía. 💛
