La vida a través de los años me colocó en situaciones en las que debía defender mi postura escéptica y razonable frente a creencias populares que son consideradas verdades incuestionables por la gran mayoría de personas.
Desde que tengo uso de razón, considero que tengo muy poca tolerancia al pensamiento mágico, al lenguaje de consuelo fácil y a las creencias sin un fundamento sólido, sin sustento científico: el karma, las cábalas, los horóscopos, la brujería, la idea de seres superiores que intervienen en nuestras vidas. Esta es una experiencia de vida en la que el criterio se impone sobre las creencias vacías de validación científica.
Tengo una buena amiga que, un buen día, me cuenta muy emocionada:
«He conocido a un chico muy guapo, es muy lindo, muy caballero… y lo mejor de todo es que es Aries. Es como yo, Aries, nos parecemos mucho. Estoy sumamente ilusionada».
Yo le digo: «¿De qué me estás hablando? Con un tono sarcástico muy mío. Cuéntame un poco más».
Y me relata las circunstancias en las que lo conoció.
A los pocos meses, esa misma amiga vuelve, pero ya no emocionada, sino golpeada por la realidad: ese muchacho «Aries» resultó ser un tipo depresivo, vago, manipulador, pusilánime, violento, una persona dañada; alguien que incluso llegó a agredirla. Con un tipo de personalidad totalmente diferente a la de ella, que fue criada en un ambiente familiar sano.
Entonces le dije: «En vez de creer en fantasías, en esas ideas cómodas de los signos del zodíaco, debiste tener un ojo más analítico, más punzante; observar sus actitudes, conocer a la persona» No ponerte un velo de ilusión solo porque “es Aries”, como tú.
Tu teoría, tu creencia en los signos, resultó débil, porque no resistió el contacto con la realidad.
Mira, le dije: la ley de gravedad de Newton es comprobable y tiene un criterio que los horóscopos no tienen: la replicabilidad. Si yo tomo una piedra y la suelto, cae. Si tú haces lo mismo, cae. Si cualquier persona lo hace, cae. Es un fenómeno reproducible. Si no ocurriera, la teoría se pondría en duda, se corregiría o se descartaría. Ahí está la diferencia.
En cambio, los horóscopos no cumplen ese criterio. Si juntas a cincuenta personas «compatibles» según sus signos, obtendrás resultados completamente dispares: algunos se llevarán bien, otros se odiarán, otros se destruirán, otros serán infieles. No hay predicción real, solo interpretaciones a posteriori.
También está el caso de otra amiga, «Géminis». Me dice: “Mi pareja es Géminis, es como yo, mi vidente me dijo que es el hombre de mi vida”. Y resulta que él le fue infiel, tenía una personalidad totalmente diferente a la de ella, era alcohólico, la engañaba con múltiples personas, incluso con prostitutas y travestis. Y otra vez, la misma historia: la realidad desmintiendo la creencia.
Pero ni siquiera hay que ir tan lejos. En mi propia experiencia, habiendo nacido en marzo, soy absolutamente distinto a otras personas que han nacido el mismo día que yo. No compartimos rasgos esenciales, ni patrones claros que justifiquen esa supuesta influencia.
Y lo mismo ocurre con mi entorno: mi tío, Sagitario, es completamente distinto a una amiga Sagitario que conozco. Ella ama el arte, la música, la noche, salir, beber. Mi tío es todo lo contrario: es hogareño, no toma, no le interesa la música ni el arte en absoluto. Entonces, ¿dónde está la coherencia? La personalidad humana se define con la herencia genética, la experiencia de vida, factores sociales, culturales, económicos; no la posición de los planetas.
Las definiciones de los horóscopos están blindadas contra el error: siempre hay una salida para que nada falle. Si no encaja, entonces “es Piscis de marzo, no de febrero”, “su ascendente es otro” o “está en una etapa de autoconocimiento”. El resultado nunca importa, porque siempre se puede reinterpretar.
Es un sistema que no se pone a prueba, sino que se justifica a sí mismo. Nunca pierde, porque nunca arriesga nada.
La ciencia hace lo contrario: se expone al error, muestra dónde falla y, cuando falla, se corrige. Por eso avanza.
Lo otro no es conocimiento: es una creencia diseñada para no perder jamás… incluso cuando está equivocada.
Estos sistemas están diseñados para no fallar nunca. Sus mensajes son lo suficientemente vagos, lo suficientemente reinterpretables, como para adaptarse a cualquier resultado. Están blindados contra la refutación.
La ciencia, en cambio, hace exactamente lo opuesto: muestra dónde falla, se expone al error, se corrige. No se protege de la realidad; se somete a ella. Estas creencias no consuelan: atrofian el pensamiento crítico. Y sin eso, solo queda autoengaño.




