Voces alteradas, sintetizadores distorsionados, ritmos acelerados y sonidos que parecen sacados de una máquina antes que de un instrumento. Para alguien que nunca se ha acercado a estos géneros, pueden resultar extraños o incluso difíciles de considerar como “música”. Sin embargo, cada vez es más común encontrar este tipo de sonidos dentro de la música popular. Mi acercamiento a este mundo comenzó en 2020, durante la cuarentena, cuando buscaba música tranquila para estudiar, leer o jugar. Poco a poco empecé a encontrar artistas y canciones que no entendía del todo, pero a las que siempre terminaba regresando. Lo que comenzó como curiosidad terminó convirtiéndose en una parte importante de mis gustos. Desde entonces me pregunto: ¿En qué momento aquello que parecía extraño comenzó a formar parte de lo cotidiano?
Una parte de la respuesta está en artistas que ayudaron a modificar los límites de lo que podía entenderse como pop. SOPHIE, por ejemplo, llevó los sonidos artificiales, metálicos y distorsionados hacia lugares poco habituales, mientras A. G. Cook y PC Music construyeron una estética digital, exagerada y deliberadamente artificial. En Oil of Every Pearl’s Un-Insides (2018), SOPHIE podía combinar texturas industriales y agresivas con melodías casi eufóricas y cristalinas. Esa tensión entre lo atractivo y lo incómodo es precisamente una de las cosas que más me interesan de estos sonidos: pueden ser caóticos y abrasivos, pero al mismo tiempo tener algo profundamente melódico. Lo que inicialmente podía parecer demasiado extraño comenzó a influir en artistas que tenían una llegada mucho mayor.
Charli XCX representa especialmente bien ese puente entre lo experimental y lo popular. Su trabajo junto a SOPHIE y A. G. Cook, desde Vroom Vroom y Pop 2 hasta how i’m feeling now, demostró que una canción podía incorporar distorsiones, voces procesadas, percusiones agresivas y estructuras poco convencionales sin dejar de ser accesible. Para mí, ahí aparece una de las claves del fenómeno, lo raro no necesariamente tuvo que convertirse en algo completamente normal; el público comenzó a acostumbrarse a encontrarlo dentro de canciones que también podían ser pegadizas. A esto se suma el resurgimiento de la nostalgia. Mientras parte del pop recupera sonidos, estéticas y fórmulas de décadas anteriores, otra parte del público parece buscar justamente lo contrario, algo que no suene conocido. Cuando la nostalgia vuelve constantemente sobre sonidos que ya reconocemos, lo experimental puede convertirse en una forma de escapar de esa repetición.
También ha cambiado la manera en que escuchamos música. Las canciones son, en muchos casos, cada vez más cortas y están pensadas para captar la atención rápidamente, especialmente en plataformas dominadas por el contenido audiovisual y las redes sociales. Una canción puede volverse conocida por unos segundos utilizados en un video de TikTok, un meme o un fragmento que se repite miles de veces. 100 gecs representa bien esta lógica: su propuesta exagerada y difícil de clasificar encontró una audiencia precisamente en Internet y en comunidades acostumbradas a mezclar géneros, referencias y sonidos. En mi caso, YouTube y Spotify también tuvieron un papel importante en descubrir música que probablemente nunca habría buscado por mi cuenta. Los algoritmos empezaron a mostrarme artistas relacionados con aquello que ya escuchaba, y así terminé entrando cada vez más en escenas y sonidos diferentes. Esto me hace preguntarme si realmente estamos buscando música nueva o si el algoritmo está aprendiendo qué tan «extraña» música estamos dispuestos a escuchar y nos la entrega en el momento adecuado.
Pero el fenómeno no se limita al hyperpop. Arca demuestra que la experimentación también puede llegar al público desde la producción, la colaboración y la construcción de una identidad artística propia. Su trabajo con artistas como Björk, Kanye West, FKA twigs y Rosalía demuestra que sonidos asociados a la deconstrucción, la disonancia o la electrónica experimental pueden convivir con figuras de gran alcance. Slayyyter, en cambio, representa otra ruta: una artista que creció dentro de comunidades de Internet y que convirtió referencias digitales, pop y sonidos más agresivos en una propuesta cada vez más integrada a la industria. Estos casos muestran que ya no existe una única ruta para pasar de una escena pequeña al público masivo. Una canción puede crecer por una comunidad, una colaboración, una tendencia, una plataforma o simplemente porque el algoritmo decide ponerla frente a millones de personas.
Entonces, ¿en qué momento lo raro dejó de ser raro? Quizá nunca hubo un momento exacto. Más bien, se fue transformando la relación del público con aquello que consideraba extraño. El pop actual puede sentirse menos sorprendente porque muchas de sus fórmulas ya nos resultan familiares: recupera sonidos del pasado, recicla estéticas y apuesta por canciones que deben captar nuestra atención rápidamente. Al mismo tiempo, Internet permite que cualquiera pueda encontrar una escena de nicho y convertirla en parte de su identidad musical. El algoritmo acelera todavía más ese proceso: encuentra una canción para unas pocas personas, detecta que funciona y puede llevarla a miles o millones. Lo extraño termina dejando de serlo cuando suficientes personas se acostumbran a escucharlo. Para mí, lo más interesante no es saber si el hyperpop o la música experimental llegarán a dominar el mainstream, sino observar cómo ya están modificando aquello que entendemos por música popular. Ya que tal vez el futuro del pop no consista en inventar sonidos completamente nuevos, sino en tomar aquello que hoy nos parece raro y convertirlo, poco a poco, en algo que mañana nos resulte familiar.




