Hay días en los que el ritmo de la semana simplemente me agota. Entre las entregas del instituto, las clases de inglés seguidas y el estar desplazando la pantalla sin parar, no me daba cuenta de cuánto me desgastaba todo. A mí me pasaba con frecuencia: terminaba la semana con dolor de cabeza y una sensación de cansancio mental que no entendía bien de dónde venía, hasta que me detuve a observar… A veces. Solo hay que hacer eso.
De pronto me encontraba a mí misma absorta frente a la pantalla y me preguntaba: ¿Qué es esto? ¿Por qué estoy viendo a este señor que no conozco bailar? Es en ese instante cuando te das cuenta de que estás funcionando en automático; incluso el creador del scroll infinito llamó al efecto de esto «cocaína conductual». Por otro lado, los días que asistía a mis reuniones espirituales, al cruzar la puerta, cantar, escuchar o conversar con las personas de allí era de otro mundo; los temas de aquí son muy diferentes a los de afuera; allí a nadie parecía importarle si estudiabas en un instituto o universidad, en qué ciclo vas o si viste la última tendencia o tu rutina de skincare. Sentía que podía ser libre o solo yo; era como sentir que mi mundo se paraba un poco, que ese era el mundo real, quitando las superficialidades, la maldad y todas las problemáticas que vemos día a día. Después de eso salía tranquila y animada de saber que había un espacio para personas que, como tú o yo, solo queremos estar tal y como somos, mientras que para la sociedad nunca eres suficiente con sus requerimientos, como si ser tú no bastara. Para mí era un respiro real; esas pausas me permitían salir por un momento de la prisa constante y hacían más llevaderas mis semanas.
Me gustaría que observaras: cuando vas en el autobús o caminas por la calle, notarás que casi todos llevan el celular en la mano o los audífonos puestos. Parece que nos cuesta muchísimo estar en silencio con nuestros propios pensamientos; necesitamos estar distrayéndonos todo el tiempo con algo, ¿por qué? Con solo observar, verás que las personas últimamente ya no parecen interesarse genuinamente por ayudar a alguien e incluso podrías ver su impaciencia e intolerancia. ¿Cuándo dejamos que las cosas malas nos consuman? Puedes plantearte preguntas solo observando; hay mucha sabiduría en hacerlo.
A veces resulta curioso cómo la gente suele tenerle miedo a los robots, a la inteligencia artificial o a un futuro donde todo sea frío y automatizado. Sin embargo, me he puesto a pensar: ¿miedo a los robots?
¿Será que actuamos como ellos porque repetimos conductas sin cuestionarlas, no nos detenemos a pensar, actuamos fríamente o simplemente seguimos lo que los demás o el algoritmo nos dicen que hagamos? Es verdad que nosotros tenemos corazón y ellos no, pero viendo tanta prisa, desconexión e insensibilidad en el día a día… ¿Qué tanta diferencia hay entre nosotros y ellos?
¿Te has detenido a preguntarte qué estás haciendo realmente con tu tiempo y tu atención? ¿Tienes espacios de silencio en el día o buscas la pantalla para no estar a solas contigo mismo? ¿Quién eres cuando nadie te ve?
Caer en la trampa del consumo digital no nos hace malas personas ni significa que estemos haciendo todo mal. A todos nos pasa porque el entorno y la sociedad nos empujan a estar hiperconectados. Sin embargo, volverse un poco más consciente de estas dinámicas es el primer paso para recuperar el control de nosotros mismos y mirar allá afuera a la vida real; quizá las cosas que quieres están frente a ti, pero nunca te has detenido a observar.
La espiritualidad y la tranquilidad no tienen por qué ser conceptos lejanos. A veces empiezan simplemente con reconocer que necesitamos apagar la pantalla, mirar a nuestro alrededor y volver a conectar con lo que de verdad nos importa.
No pretendo tener la verdad absoluta sobre cómo lograr el equilibrio perfecto ni dar lecciones a nadie, porque yo misma sigo en este proceso de aprendizaje, haciéndome estas preguntas y tratando de poner límites al ruido diario. Quiero cerrar con un consejo de sabiduría en Proverbios 4:23.
«Por encima de todas las cosas que guardas, protege tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida«.
De nuestros corazones brotan sentimientos, las intenciones, las actitudes y la forma en que nos relacionamos con los demás. Si lo llenamos de superficialidad o ruido, eso es lo que reflejaremos. Pero si elegimos alimentarlo de paz, reflexión y amor, de ahí emanará una vida con propósito y verdadero bienestar.
Al final, el corazón es lo que nos mantiene vivos. Por eso hacernos la pregunta sincera: ¿Qué le estás dando tú a tu corazón cada día?




Creditos:Acorndgirl
