¡Hola a todos! Si alguien me hubiera dicho hace once años que la pantalla dejaría de ser el único puente entre BTS y yo, probablemente no lo habría creído. Durante más de una década, mi vida como ARMY transcurrió a través de videos, madrugadas enteras luchando contra el sueño para esperar un lanzamiento y la emoción contenida en las salas de cine aquí en Lima durante las transmisiones de los conciertos. Crecer junto a ellos significaba amarlos a la distancia, aceptando con cierta melancolía que nuestro rincón del mundo a veces parecía demasiado lejos de Seúl como para que un encuentro físico fuera verdaderamente posible. Acostumbrada a interactuar con su arte solo a través de las pantallas del celular o la laptop, la idea de compartir el mismo espacio se sentía como un anhelo imposible de materializar en medio de mis rutinas de estudio y mis horas de trabajo frente a la computadora.

Sin embargo, el día que finalmente pisaron un escenario en Perú, toda esa inmensa distancia acumulada desapareció en un solo latido colectivo. Estar parada en la explanada del estadio, rodeada de las luces moradas que caracterizan al fandom y escuchando en vivo las mismas voces que me acompañaron y consolaron en mis días más grises, es una sensación que te atraviesa el pecho y te deja absolutamente sin aliento. No había pantallas de por medio, no había retrasos de transmisión ni diferencias de horario; solo estábamos nosotros y ellos, compartiendo el mismo momento. Fue el momento exacto en el que once años de espera, de aprenderse los fanchants y los días de votaciones de los premios cobraron un sentido abrumador, transformando la ilusión casi irreal de una adolescente en una experiencia única.
Más allá del inmenso impacto emocional de tenerlos a escasos metros, presenciar este concierto fue enfrentarme a un nivel de profesionalismo escénico que superó cualquier expectativa previa. Ver la forma en que se desenvuelven en el escenario, dominando cada rincón con una energía inagotable, te deja en evidencia el rigor y la disciplina que hay detrás de su éxito. Pero lo que verdaderamente grabó a fuego este espectáculo en mi memoria fue la inmensidad de la producción visual. El deslumbrante juego de luces, los fuegos artificiales y la sincronía de los efectos no eran simples adornos, sino que creaban un sello profundo, envolviéndonos en una atmósfera que elevaba su arte y demostraba el absoluto respeto que le tienen al escenario y a su público.

Vivir un concierto de esta magnitud te cambia para siempre porque al mirarlos directamente desde la multitud, te das cuenta de que el vínculo nunca fue unidireccional. Cada lágrima derramada en las tribunas y cada grito desgarrándose en los coros de, por ejemplo su canción más tradicional que es Body to body , era la confirmación de que su música tiene el poder inmenso de sostenernos y unirnos, sin importar el idioma o los miles de kilómetros de por medio. Ser fan dejó de ser un simple pasatiempo hace muchísimo tiempo para convertirse en el refugio más cálido y constante de mi vida, y esa noche inolvidable frente a ellos fue el abrazo gigante que esperé recibir durante once años. Nos leemos en la próxima entrada.


