Imagínate tener cuatro años y que tu única preocupación sea jugar, reír y esperar el abrazo de tus padres al terminar el día. Imagínate ser una pequeña indefensa, dependiente del cuidado de quienes más amas, para que al final sea ese mismo entorno el que borre toda huella de tu existencia. Eso fue exactamente lo que ocurrió con Paulette Gebara Farah. Una niña de sonrisa tierna que padecía de una discapacidad motriz y del lenguaje, cuya extraña muerte en marzo de 2010 no solo paralizó a todo un país, sino que dejó muchas sospechas e impunidad que aún hoy estremece a quién lo conoce.
El 22 de marzo de 2010, la familia de Paulette reportó su misteriosa desaparición en un exclusivo condominio de su departamento en Interlomas, en el Estado de México. Según la versión de la madre, la niña fue acostada por la noche tras regresar de un viaje familiar, pero a la mañana siguiente su cama estaba vacía. No había cerraduras forzadas, cámaras de seguridad que registraran salidas ni rastros de violencia. Paulette parecía haberse evaporado de la noche a la mañana, el rostro de la pequeña protagonizó portadas en todos los noticieros, mientras la angustiosa búsqueda movilizaba a cientos de policías.
Durante más de una semana, la habitación de la pequeña se convirtió en el centro de investigación. Decenas de peritos examinaron cada rincón, perros rastreando el lugar y muchos reporteros entraron a la recámara. Incluso la madre de Paulette daba entrevistas televisadas sentada sobre la misma cama de la niña, pidiendo entre lágrimas su regreso. Todo daba a pensar que esto se trataría de un secuestro muy bien planificado. Sin embargo, detrás de cámaras se notaban muchas contradicciones entre los padres y las nanas, con grabaciones filtradas y acusaciones que dejaban al descubierto un entorno familiar bastante frío, dividido y lleno de secretos.
La noche del 31 de marzo, el caso dio un giro desalentador que nadie pudo anticipar. Nueve días después de su desaparición, las autoridades anunciaron el hallazgo del cuerpo sin vida de Paulette. Lo escalofriante no fue solo el descubrimiento, sino el lugar donde estaba y es que la encontraron envuelta en sus sábanas, al pie de su propia cama, oculta en la rendija entre el colchón y la estructura de madera. Llevaba la misma pijama con la que fue acostada. ¿Cómo fue posible que un cadáver en descomposición no fuera detectado durante más de una semana por absolutamente nadie que estuvo presente en esa habitación?
La conclusión oficial de la fiscalía era más absurdo, pues ellos decían que Paulette rodó por sí sola durante la noche, que cayó de cabeza en el espacio de la cama y murió asfixiada por accidente. Una versión que los espectadores jamás creyeron. Las hipótesis independientes sugieren un escenario mucho más siniestro, que el cuerpo de la niña fue ocultado o retirado del departamento y colocado nuevamente cuando la presión política y mediática se volvió insostenible. La frialdad de las declaraciones de los familiares, las llamadas interceptadas donde se pedía a guardar silencio y la rapidez con la que se liberaron los sospechosos, alimentan la teoría de un encubrimiento hecho para proteger a gente de gran poder.
Para 2010, en el Estado de México estaba gobernando Enrique Peña Nieto, un líder con grandes aspiraciones presidenciales que no podía permitir su caída política por un caso sin resolver. Acompañado por el procurador Alberto Bazbaz, los investigadores mostraron una torpeza muy evidente que pronto levantó suspicacias por un encubrimiento orquestado. Las inconsistencias eran escandalosas, la escena jamás fue asegurada adecuadamente, se manipularon todas evidencias y las llamadas filtradas sugerían pactos de silencio entre los padres. El expediente parecía estar escrito no para buscar a un culpable, sino para proteger la reputación de estas familias influyentes de la alta esfera socioeconómica de México.
Cuando la presión social se desbordó, las autoridades optaron por la vía más rápida. Dictaminar una asfixia accidental por atrapamiento sin un solo imputado. La rápida exoneración de la madre y la precipitada renuncia del procurador Bazbaz no hicieron más que confirmar lo que todo México sospechaba, que las influencias, la red de contactos y el peso del apellido de esta familia compraron una impunidad absoluta. El caso de Paulette dejó en evidencia un sistema de justicia podrido, donde se acomoda a la conveniencia de la élite y la vida de una niña inocente pasa a ser un simple accidente.
La historia de Paulette no es solo la crónica de una investigación llena de negligencia y corrupción; es el desgarrador reflejo de una infancia a la que se le arrebató la voz. Hoy, al recordar su caso, no queda la paz de la justicia, sino el eco inquietante de una pregunta que todavía flota en el aire: ¿qué fue lo que realmente sucedió con esta pequeña de 4 años?
