Desde pequeña, la música siempre ha estado presente en mi vida porque mis papás son cantantes. Crecí rodeada de canciones y de ese ambiente artístico que despertó en mí un cariño especial por la música. Gracias a ellos, también me empezó a gustar el canto, pero si había algo que disfrutaba todavía más, era bailar. Siempre me llamaba la atención aprender coreografías, seguir el ritmo y disfrutar de la música.
Cuando tenía diez años, me regalaron mi primera consola, una Wii U, en donde conocí Just Dance, un videojuego en el que tienes que seguir los pasos de bailarines que aparecen en la pantalla. Me encantaba seguir la coreografía y ganar el mejor puntaje. Además de ello, recuerdo que organizaba pequeñas presentaciones con mis primas o amigas que venían de vez en cuando a mi casa, a quienes convencía para bailar conmigo. Acomodaba las sillas de la sala como si fuera un escenario y sentaba a mi familia para que nos viera.
A los doce años empecé a formarme como bailarina y me uní a talleres de diferentes géneros, como urbano, contemporáneo y ballet. Fue una etapa en la que descubrí nuevos estilos y aprendí que bailar también requería disciplina y constancia. Después, a los dieciocho años, empecé a trabajar como bailarina y me siento feliz de que algo que disfrutaba desde niña pasó a formar parte de mi vida laboral. Cuando recuerdo mis primeras presentaciones en casa, me parece increíble todo lo que ha cambiado desde entonces. A mis veinte años, siento que todavía me queda mucho por aprender y vivir en este camino.



